El Sáhara es el desierto nórdico del continente africano y, con una extensión de nueve millones sesenta y cinco mil de kilómetros cuadrados, se impone también como el más grande del mundo. Separa el África más desarrollada económicamente de la menos avanzada: la árabe - mediterránea de la subsahariana; y son, en la actualidad, diez países los que comparten su territorio: Argelia, Chad, Egipto, Libia, Malí, Marruecos, Mauritania, Níger, Sudán y Túnez.
Con una historia larga e intensa, no exenta de conflictos, es su parte más occidental la que permanece indiscutiblemente y desde décadas atrás en la arena de la actualidad mediática internacional, particularmente mediterránea, pero también en la agenda política marroquí y argelina, y, en menor medida, mauritana.
La descolonización no supuso el inicio de una época de libertad y el desarrollo pacífico, antes bien el comienzo de una nueva lucha independentista dentro del Sáhara Occidental [el que fuera el Sáhara español], territorio adscrito a Marruecos tras la renuncia mauritana en 1979 a la parte del mismo que se había anexionado tras la retirada española –por cierto con relativa facilidad, dada la política de mano dura marroquí, que no conocía oposición interna, en los que fueron llamados ‘años de plomo’-.
El movimiento, autodeclarado ‘anti-colonialista’, pasó de ser boceto a dibujo definido con la creación, en 1973, del Frente Polisario (Frente Popular de Liberación de Saguía el-Hamra y Río de Oro), a los que tres años después seguiría la proclamación de la República Árabe Saharaui Democrática. El aislamiento al que pudo haber sido sometido el territorio tras los acuerdos de Madrid de 1975, en plena Guerra Fría y un mundo bipolar preocupado por otros asuntos mayores de poder e influencia, no fue tal gracias a los ‘no alineados’ países vecinos Libia y Argelia. Este último en particular tomaría una postura firme ante el territorio del Sáhara Occidental a partir de la década de los ochenta que también marcaría el desentendimiento bilateral con el fronterizo Marruecos.
Poco a poco, desde entonces y hasta hoy, el Sáhara Occidental ha ganado reconocimientos hasta superar el apoyo de más de ochenta países, pero ninguno de la Unión Europea, ni por potencia económica internacional alguna. Tampoco por Naciones Unidas, quien, sin embargo, creó en 1991 una misión especial (MINURSO) para velar por la paz en la zona y la celebración de un referéndum de determinación, objetivo este último aún no alcanzado y no exento de duras críticas por el mismo motivo.
La importancia del Sahara para Marruecos es comprensible a partir de la propia naturaleza del régimen político instaurado tras la independencia, basado en dos piedras angulares, a saber, una monarquía todopoderosa y una ideología nacionalista basada en la expansión territorial [Pérez González, Á.: 2002, en ARI 98-2002 del Real Instituto Elcano]. Sin embargo, la transición hacia la democratización ha llevado a una relación complicada entre monarquía, partidos políticos ‘clásicos’ y sociedad, donde las demandas sociales no son canalizadas por los cauces políticos establecidos y son reconducidas hacia un asociacionismo civil e islamista que desestabiliza tanto al rey como al sistema político que gira en torno al mismo.
Esta situación descrita es particularmente visible en el territorio del Sáhara, donde el propio Mohamed VI rechaza directamente el derecho de autodeterminación, frente a las demandas sociales y propuestas institucionales, como los planes de resolución de la cuestión apuntados por la ONU cuya aceptación hubiera podido favorecer la política exterior marroquí [Ruiz Miguel, C.: 2005 en ARI 40-2005 del Real Instituto Elcano], aunque en clave interna es percibida como una amenaza a la ‘integridad territorial del país’. Son precisamente esos obstáculos a la integridad [trabas que interponen los adversarios de nuestra integridad territorial con el fin de obstaculizar el proceso de la ONU para hallar una solución política realista y mutuamente aceptable al conflicto artificial creado en torno a la misma, según el discurso del rey Mohamed VI dirigido a la Nación el 2 de enero de 2010] a los que apelaba hace unas semanas el monarca del reino alauita al anunciar la creación de una Comisión Consultiva para la Regionalización, que sentará las bases de un proceso de descentralización nacional a cuya cabeza estará el Sáhara Occidental. Se trata de un sistema de regionalización planteado, con las propias palabras de Mohamed VI, para que los leales hijos y habitantes del Sahara marroquí dispongan de una amplia libertad en la gestión de sus propios asuntos locales, en el seno de una regionalización avanzada, cuya puesta en marcha se asumirá con voluntad nacional soberana [Ibídem].
Por su parte, el Frente Polisario, desde su sede en Tinduf (Argelia), considera que el Sáhara occidental es un asunto pendiente de la descolonización, enmarcado como tal dentro de Naciones Unidas. Y no duda en subrayar la violación de derechos del hombre y libertades fundamentales cometidas por Marruecos en un territorio que consideran ocupado ilegítimamente [El moudjahid, 5 de enero de 2010]. Parecen olvidar que tanto en casa como en el patio exterior hay trabajo por hacer: los informes hechos públicos por organizaciones pro derechos humanos [Panorámica Social, 2 de marzo de 2009] revelan que la situación en la que viven los activistas saharauis en Marruecos, derivadas de los castigos y actos represivos de las autoridades marroquíes, no es mucho peor que la sufrida dentro de los campamentos de refugiados gobernados por el Frente Polisario en Argelia.
Artículo relacionado:
Sáhara Occidental, cuestión de derechos







