La tierra se abrió en Haití y con ella llegaron al país la desesperación, el caos, el pillaje, el hambre, en definitiva, la locura de sobrevivir y ver los estragos causados por la devastación. Mientras el número de cadáveres causados por el terremoto del pasado 12 de junio no para de aumentar (las últimas informaciones apuntan unos 120.000 fallecidos); las ONG, las autoridades del propio país y los organismos internacionales desplegados en el territorio haitiano continúan lanzando una petición de ayuda, e insisten en la necesidad de prolongar estos apoyos pues la recuperación de Haití será una cuestión de años.
Uno de los mayores peligros a los que se enfrenta el país caribeño es la posibilidad de caer en el olvido. Desgraciadamente, la réplica que una semana después tuvo el seísmo ha hecho que lo sucedido en Haití siga estando presente en los periódicos y telediarios de todo el mundo, pero es bastante probable que cuando se dejen de encontrar supervivientes, cuando las cifras de muertos se paralicen y en el mismo instante en que se intente volver a la normalidad, la gente regrese a sus vidas olvidando la necesidad de ayuda de los haitianos.
En 1994, llega a Haití la Misión de las Naciones Unidas (UNMIH), quien despliega una fuerza multinacional de 20.000 hombres con el objetivo de facilitar “el pronto regreso de las autoridades legítimas, mantener un entorno seguro y estable en el país y promover el imperio de la ley”. Pronto llegarán al país otros instrumentos de la organización internacional como son la Misión de Transición de las Naciones Unidas en Haití (UNTMIH) y la Misión de Policía de las Naciones Unidas en Haití (MIPONUH) hasta llegar a la actual Misión de Estabilización de Naciones Unidas (MINUSTAH), iniciada en 2004.
Desde estos primeros momentos hasta la actualidad, a través de diversos mandatos renovados, la presencia de Naciones Unidas en Haití ha sido constante. Hay que admitir que esta vigilancia y actuación permanentes de la organización internacional había aportado a Haití, al menos, una aparente calma política, con un gobierno y con la celebración de unas elecciones planificada para el próximo mes de febrero. Sin embargo, los datos sobre el desarrollo del país muestran otra realidad.
Cuando Naciones Unidas llegó a Haití el país se encontraba en el puesto 137 del índice de desarrollo humano (con un 0,354), es decir, entre los países con un desarrollo humano bajo, sólo superado por países africanos y algún asiático. Así lo reflejaban también cifras como su esperanza de vida, que apenas alcanzaba los 56 años; o su bajo índice de alfabetismo, un 0,55.
En el año 2001, el informe de desarrollo humano publicado por Naciones Unidas sitúa a Haití en el puesto 134 (adelantando así tres puestos), todavía considerado un país de desarrollo humano bajo, con una esperanza de vida de 52 años y con una tasa de analfabetismo de adultos de un 51,2%. Esta pequeña escalada de puestos en el ranking podría arrojar alguna esperanza al futuro de este país. Sin embargo, echando un vistazo al mismo informe de 2009, se puede observar como Haití baja de puesto, si bien se ha ampliado la clasificación a 182 Estados.
En este último informe, Haití ocupa el puesto 149, pero ya es considerado un país con un desarrollo humano medio, con un índice de desarrollo humano por valor de 0,532; una esperanza de vida de 61 años y con una tasa de analfabetismo en adultos del 37,9%.
Por lo tanto a la luz de estos datos, la ayuda prestada durante estos años por la comunidad internacional a Haití no ha sido realmente efectiva en el plano del desarrollo humano. Todas estas cifras que han sido alcanzadas durante estos años, se han logrado con una mínima infraestructura, partiendo de una situación de pobreza pero conociendo las capacidades y limitaciones del país. Pero, ¿ahora qué pasará? El terremoto ha destruido todo. Se parte de una situación peor que la anterior por lo que los esfuerzos, tanto internos como externos, para sacar adelante el país tendrán que ser mayores. En estas circunstancias la ayuda para ese lugar llamado Haití debe ser enorme, constante, permanente, controlada, y por supuesto desinteresada.
Quizás sería un primer buen paso la condonación de la deuda externa de 1.885 millones de dólares, que como a otros muchos países en vías de desarrollo, no deja de ahogar.







